Lilia Guadalupe Mancilla Becerra
Los
seres humanos tendemos a clasificar cualquier cosa que exista sobre la tierra,
por lo tanto las obras literarias no están exentas de este fenómeno. Desde hace
tiempo, los críticos y literatos se han dedicado a encasillar textos con
ciertas características en común y ponerle un nombre que las represente. Sin
embargo, a veces estas características no son lo más importante que podemos
encontrar en un libro o simplemente no es lo que el autor quiere que se
destaque de ella, pues no fue concebida de esta manera.
En
el caso de los autores vivos o de los que se conservan opiniones propias sobre
sus creaciones, podemos saber que querían expresar en verdad (aunque toda obra
está sujeta a tener múltiples interpretaciones porque es una de sus
características más enriquecedoras). En 1973, el escritor mexicano Emilio
Carballido fue entrevistado y le dijeron que Rosalba y los Llaveros era una obra costumbrista. Él dejó en claro
que era inexacto clasificarla de esa
manera, aunque retrata la forma de vida de un pueblo, pues su enfoque se
centraba más en “cosas como relaciones, evoluciones y pasiones y afectos”.
Este
autor nació el 22 de mayo de 1925 en Córdoba, Veracruz. Estudió Letras Inglesas
y después obtuvo la maestría en Letras en la UNAM. Además, fue subdirector de
la Escuela de Teatro de la Universidad Veracruzana y profesor de la Escuela
Nacional de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes, sin dejar de
dirigir la revista Tramoya, hasta la fecha de su muerte el 11 de febrero
del 2008. Perteneció al gran grupo de artistas conocido como Generación de
la década de 1950, junto a Jorge Ibargüengoitia, Rosario Castellanos, Jaime
Sabines, entre otros.
Fue
autor de una extensa obra literaria: dos tomos de cuentos, nueve novelas,
antologías de teatro joven de México, de teatro infantil y Le Théâtre
Mexicaine. Y escribió cerca de cien obras teatrales, guiones para cine y
televisión. Asimismo, su obra ha llevado a otros países de América y Europa,
donde se han traducido al inglés, francés, hebreo, noruego, checo, ruso,
italiano y rumano.
Sin
embargo, se da a conocer como dramaturgo gracias a la obra Rosalba y los Llaveros, presentada en 1950 como parte del programa
del Palacio de Bellas Artes, un gran paso para un joven escritor, y de la mano
de la dirección de Salvador Novo.
Comedia
escrita en tres actos, el texto relata la historia de Rosalba Llavero y su
familia cuando ella llega al pueblo junto a su madre. Siendo una chica que
estudia en la universidad y vive en la capital, encuentra interesante la vida
de los Llaveros que residen en Ocatitlán, Veracruz y tratará de resolver todos
los problemas que hay entre ellos con su vasto
conocimiento, llegando al punto de parecer ridícula y fuera de lugar frente
a varios de ellos.
¿Qué
cosa interesante tiene esta obra para ser representada en uno de los escenarios
más importantes del país y creada por un autor prácticamente desconocido hasta
ese momento? Y no, no tiene que ver con su tendencia costumbrista, aunque sí
retrata las fiestas que se celebran en aquel pueblo, la vestimenta, las
tradiciones y su forma de vivir. Pero, repito, ese no es su énfasis.
Para
Solomon H. Tilles, el autor hace una gran aportación al teatro de ideas, donde
la novedad se encuentra en un choque, un choque entre dos maneras de ser y/o
concepciones de la realidad: entre el costumbrismo de los Llaveros y la
psicología existencial de Rosalba.
Concuerdo
absolutamente. Pues en esta idea de choque de contrarios, encontramos la idea
central de la obra, que se desarrolla en un diálogo entre Lázaro y Rosalba: “el
asunto es lo que somos ante nuestros propios ojos”. Y la doctrina de esta chica
logra impactar a su primo Lázaro y hacerlo abrir
sus ojos para decir lo que quiere hacer con su propia vida y no quedarse en
silencio.
Y es
que el silencio es otro factor interesante de analizar en la obra. Rosalba
llega a romperlo con su actitud de hablar y hablar casi sin pensar. Mientras
que el resto de su familia (tal vez su madre Aurora en menor cantidad) están
sumergidos en callarse y guardar las apariencias. Y hasta que ella interviene,
influenciando a Lázaro y Rita, las cosas empiezan a cambiar… en parte. Pues
fracasa completamente con su prima, pues ella es más emocional que racional y
siente que sólo está arruinando su vida.
Y
más significativo es el cierre de la obra. Rosalba abre la puerta de la casa
tomada de la mano de Lázaro y se escucha los festejos en la calle. Finalmente
salen todos de escena. La puerta es un símbolo interesante pues, según Tilles,
podría significar la victoria de la ideológica de Rosalba (pues a pesar de las
circunstancias, ella también sufre un poco en ese ambiente donde sólo la ven
como una chiquilla ridícula de ciudad que cree saber mucho), además de que
logra convencer y llevar la vida de todos como ella cree conveniente.
Reafirmando que el poder de la palabra es muy poderoso en esta obra.
Referencias
Carballido, Emilio (1982)
D.F. 26 obras en un acto, México: Grijalbo.
Carballido, Emilio (1984)
Rosalba y los Llaveros y otras obras de teatro, México: Fondo de Cultura
Económica.
García Rivas, Heriberto
(1974) Historia de la literatura mexicana, vol. 4, México: Textos
Universitarios S.A.
Imbert, Anderson (1970) Historia
de la literatura hispanoamericana, vol 2, México: Fondo de Cultura Económica.
Tilles,
Solomon H. (1975) “La importancia de
"la palabra" en Rosalba y
los Llaveros” en Latin American Theatre Review, [versión electrónica],
disponible en: https://journals.ku.edu/index.php/latr/article/viewFile/207/182 [12, abril, 2015, 16:05 hrs.].
Trejo, Laura (1985) Clásicos
de la literatura mexicana. Narrativa contemporánea, México: Promexa.
Vélez, Joseph F. (1973)
“Una entrevista a Emilio Carballido” en Latin American Theatre Review [versión
electrónica], disponible en: https://journals.ku.edu/index.php/latr/article/viewFile/165/140 [12, abril, 2015, 17:34 hrs.].






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